Valery64

Hermosa coincidencia

Cuento a partir de un imagen que pueden decir más de mil historias.

Hermosa coincidencia Valery

El aire de la tarde en Misiones tiene esa densidad limpia, cargada de su tierra roja y del perfume verde que sube del monte cuando el sol empieza a caer. Aunque el otoño ya se hace sentir con su frescura en el ambiente, la resolana todavía entibia las paredes de la casa.

Ese día, era perfecto. Valeria y Santiago por primera vez en dos meses pudieron coincidir una tarde en casa. Él  da vueltas por la cocina. A sus trece años, parece crecer por días; se mueve con esa energía desbordante que a veces hace sentir los espacios chicos, pero que llena cada rincón de vida. Ella lo mira de reojo mientras acomoda la pava en la hornalla. El ritual ya empezó: la yerba inclinada en el mate, el agua que empieza a entibiarse lentamente, sin apuro, respetando el tiempo que ese momento se merece. Es el bache perfecto en el día, la tregua obligatoria para encontrarse.

—Ma, sacate una foto conmigo —dice él, interrumpiendo el silencio del agua que busca el hervor, y se le viene encima con la espontaneidad de un cachorro, acomodándose detrás de su hombro.

Ella sonríe y levanta el teléfono. No hay preparación, no hay pose; solo la complicidad de saberse compañeros. En el segundo en que la cámara parpadea, Santiago clava sus ojos claros en la lente con una sonrisa pícara, de quien se cree el centro de ese universo, y claro, para Valeria lo es, mientras ella, a sus treinta y tres años, regala una mirada serena, llena del orgullo silencioso y dulce de ver el hombrecito en el que se está convirtiendo, aquel indefenso bebé a quién cuidó y dedicó sus mejores años. Sus rostros quedan pegados, borrando cualquier distancia, unidos por el calor de la siesta que se va.

El clic de la pantalla rompe el instante y el sonido del agua en la pava reclama atención. Santiago se separa con un salto ligero y agarra el termo, listo para el primer cebado, mientras ella acomoda el mate en sus manos, sintiendo el calor de la calabaza entre los dedos. Afuera, el sol del otoño misionero empieza a teñir el cielo de tonos dorados, pero adentro, el verdadero refugio ya está servido.

El primer mate, amargo y espumoso, pasa de mano en mano como un código que no necesita explicaciones. Santiago se apoya contra la mesada y empieza a contarle alguna genialidad de su día con la velocidad propia de su edad, gesticulando con entusiasmo. Ella lo escucha con atención plena, cebando a ritmo pausado y disfrutando de ese ida y vuelta donde los roles por un momento se diluyen; son simplemente ellos dos, compartiendo la charla en un rincón del mundo que les pertenece por completo.

Afuera, la luz dorada va dejando paso a los primeros tonos violetas del crepúsculo, y el fresco de la noche empieza a colarse suavemente por la ventana abierta. Mientras el termo se va vaciando y el ambiente se vuelve más tranquilo, ella guarda el teléfono en el bolsillo, sabiendo que esa imagen es mucho más que un registro digital; es el ancla que, pase el tiempo que pase, siempre la devolverá a la tibieza de la cocina, al olor de la yerba buena y a la certeza de caminar a la par de su hijo.

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