Polos opuestos
Cultura literaria
Él siempre quiere llegar antes; yo prefiero la incertidumbre del retraso. Si el tren sale a las diez, él está en el andén a las nueve, repasando los billetes con el dedo. Yo llego corriendo a las diez y un minuto, con el pelo revuelto y la certeza de que el mundo va a esperarme. Él guarda los manuales de instrucciones de todo lo que compra; yo tiro las cajas antes de encender los aparatos. Él sabe los kilómetros que le quedan al coche antes de quedarse sin gasolina; yo manejo mirando los árboles del camino hasta que se enciende la luz de alerta.
Él lee novelas rusas, densas y largas, que anota con un lápiz gris en los márgenes. Yo leo libros de poesía pequeños que doblo por la mitad y olvido en las mesas de café. Él recuerda los nombres de todos los presidentes, las fechas de las batallas y los ingredientes exactos de cada receta que cocina. Yo cocino por intuición, cambiando la sal por la pimienta si me parece que el color lo pide, y siempre olvido los cumpleaños si no me los recuerda una pantalla. Él es meticuloso con el silencio; necesita que esté limpio y vacío para poder pensar. Yo necesito que el televisor esté encendido o que suene música de fondo, aunque no la escuche, para no sentirme sola en la habitación.
Él prefiere los días grises y nublados; dice que la luz del sol le nubla las ideas. Yo busco el calor del mediodía y me quedo quieta bajo el sol como los lagartos. Él planifica las vacaciones con meses de anticipación, arma carpetas virtuales con mapas y horarios de museos. Yo armo la valija la noche anterior, metiendo cosas que no combinan y que probablemente no usaré. Él nunca pierde la calma cuando el camarero se equivoca de plato; sonríe y agradece. Yo me pongo roja, me da vergüenza el error ajeno y prefiero comerme la comida equivocada antes que protestar. Él cree en las explicaciones lógicas de las cosas; yo sigo creyendo en las señales que dejan las tazas de café.
A él le gustan las manzanas verdes, el queso fuerte y el café negro y amargo. A mí me gusta el chocolate con leche, el pan tostado con manteca y el té dulce.
Él duerme del lado derecho de la cama, de espaldas a la ventana y sin moverse en toda la noche. Yo me cruzo de lado, me enredo en las sábanas y busco el aire de la rendija de la persiana. Él apaga las luces de la casa minuciosamente antes de acostarse, revisando las llaves del gas y las cerraduras. Yo me olvido las luces del pasillo encendidas y dejo los libros abiertos boca abajo en el suelo. Él piensa que la vida es un asunto serio que debe administrarse con prudencia y método. Yo vivo como si siempre hubiera una red invisible dispuesta a atajarme en la caída.
Él compra la ropa pensando en la duración de las costuras y en los colores neutros que combinan con todo; yo me compro un abrigo rojo solo porque me gusta cómo se mueve el viento cuando camino rápido. Él lava los platos en el mismo momento en que termina de usarlos, secando la mesada hasta que brille; yo prefiero dejarlos en la pileta y salir a caminar mientras la tarde cae, convencida de que el agua puede esperar pero el sol no. Él guarda los secretos bajo llave, como si el silencio fuera un tesoro que hay que proteger del mundo; yo necesito decirlos en voz alta, transformarlos en anécdotas, vaciarme de ellos para no pesarme en el pecho.
Él no entiende mi desorden crónico, mis papeles sueltos, mi tendencia a conmoverme por tonterías o mi forma de hablar con desconocidos en la fila del supermercado. Yo no entiendo su rigidez, su necesidad de tener siempre un plan de contingencia y ese pudor exagerado que le impide abrazarme en público si hay mucha gente mirando. Nos miramos a veces a través de esa distancia como si perteneciéramos a planetas distintos, asombrados de que el otro pueda respirar con costumbres tan ajenas.
Sin embargo, cuando el frío aprieta de golpe o la casa se queda a oscuras por una tormenta, formamos un nosotros que no necesita explicaciones. Nos sentamos a la mesa y dividimos el pan sin hablar, sabiendo exactamente qué parte le toca a cada uno. Él me sostiene el mapa cuando las calles se vuelven un laberinto insoportable y yo le enseño a mirar el cielo cuando se olvida de que existe. Somos nosotros los que nos encontramos en el centro de ese choque, suspendidos en una atracción extraña e inevitable, descubriendo que la única forma de caminar sin caernos es ir tomados de la mano, equilibrando el peso de nuestras diferencias.
Nosotros arrastramos esas diferencias como quien lleva valijas de distintos tamaños, pero a la hora de armar el nido, ninguna sobra. Él pone la estructura, las paredes firmes y el techo que resiste las tormentas; yo pongo las plantas en las ventanas, la música suave y el desorden tibio que hace que una casa deje de ser un edificio y se vuelva un hogar. En ese espacio intermedio, donde sus líneas rectas se cruzan con mis curvas, inventamos un idioma propio que nadie más entiende. Somos nosotros los que, al final del día, apagamos los reproches para encender la tregua, sabiendo que somos dos mitades imperfectas que solo funcionan cuando deciden rozarse.
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